
Norman Bethune alternó el bisturí con la pluma para explicar al
mundo lo que fue la horrenda evacuación en masa de la población
malagueña, huyendo de las tropas fascistas el domingo 7 de febrero de
1937… Escribe el diario de sus cuatro días y cuatro noches en la carretera
de Málaga-Almería. Comenta que lo hizo bajo una especie de ataque de
furia, durante el siguiente día y noche. Cuando terminó se paró delante
de la ventana rota del hospital de niños, mirando la ciudad de Almería,
aún humeante bajo la luz del amanecer.
“Lo que quiero contaros es lo que yo mismo vi en esta
marcha forzada, la más grande, la más horrible evacuación de una
ciudad que hayan visto nuestros tiempos. Habíamos llegado a
Almería el miércoles 10, a las cinco de la mañana. Traíamos de
Barcelona un camión con sangre preparada para transfusiones
con destino a los heridos de Málaga. En Almería supimos la noticia
de la caída de Málaga y nos aconsejaron que siguiésemos nuestro
camino, porque se tenía por seguro que Motril había caído
también. Entonces resolvimos ir a ver en qué condiciones se
estaba llevando a cabo la evacuación de heridos Salimos por el
camino de Málaga, a eso de las seis de la tarde, y a unos cuantos
kilómetros nos encontramos con los que encabezaban la
desventurada procesión.
Venían primero los más fuertes, los que habrían podido
transportar sus cosas en burros, mulas y caballos. Luego, el
espectáculo se hacía más lastimoso. Miles de niños (contamos
cinco mil menores de diez años), y por lo menos mil de entre ellos
descalzos y cubiertos apenas con harapos. Las madres los
llevaban echados al hombro o tiraban de ellos por la mano. Pasó
un hombre con sus dos pequeños a la espalda, niños de uno y dos
años, y cargando además con cacerolas y trastos, y recuerdos
queridos de su hogar… Había mujeres que no podían dar un paso
más: la sangre de las úlceras de sus piernas hinchadas teñían de
rojo sus alpargatas blancas. Muchos viejos abandonaban toda
esperanza y, tumbados en la cuneta del camino, esperaban la
muerte.
Nuestro coche se abría paso a duras penas… Los refugiados
pasaban al lado del camión, como si no lo vieran. Seguían
caminando cansinamente, con los ojos entornados hacia el suelo
como síntoma inconsciente de extenuación… Las mujeres
avanzaban lentas con sus vestidos oscuros… Tenían la cara y los
ojos congestionados por el polvo y el sol de cuatro días, y
levantaban hacia nosotros, en sus brazos cansados, los
cuerpecitos de sus hijos… Los niños llevaban solamente su
pantalón y las niñas su vestido ancho, medio desnudos todos bajo
el sol… Niños con los bracitos y las piernas enredados en trapos
ensangrentados: niños sin zapatos, con los pies hinchados; niños
que lloraban desesperados de dolor, de hambre, de cansancio…
cuatro días perseguidos por los aviones de los bárbaros fascistas,
y cuatro noches de caminar en grupo compacto hombres,
mujeres, niños, mulas, burros y cabras, tratando de mantenerse
juntas las familias, llamándose por el nombre propio, buscándose
en las sombras.
Al principio eran grupos dispersos… Después aparecían a
intervalos más frecuentes, y por último una hilera continua, unos
pisando los talones a los otros… Parecían haber nacido del suelo…
Una fila interminable a lo largo del camino con el sol encima y el
mar debajo. Entre el murmullo del mar y el eco de los montes el
único ruido era el de las sandalias de esparto arrastradas sobre
las piedras, el silbido de la respiración cansina y el lamento que
salía de los labios agrietados. Eran de todas las edades, pero sus
caras estaban dibujadas con los mismos rasgos de agotamiento.
Una mujer sujetando su vientre, sus ojos abiertos, aterrorizados.
Pasaban al lado de nuestro camión sin expresión... Sise
detuvo el camión. Yo salí y me paré en medio de la carretera… No
tenían fuerzas para seguir, pero temían detenerse. Decían que los
fascistas venían detrás de ellos. ¿Málaga? Sí, Málaga había caído…
Volví al camión…Yo pensaba en Málaga. En algún lugar
habría nuevas defensas… Al final del camino habría lucha, heridos
moribundos que necesitarían la sangre que habíamos traído desde
Madrid.
Aceleramos la marcha. La carretera se inclinaba y la línea de
refugiados se hacía más ancha. Llegamos a una curva en dirección
al interior, una pequeña subida, y de repente una bajada hacia
una llanura. Sise sorprendido, pisó el freno bruscamente… Una
muchedumbre de personas y animales ocupaba todo el ancho de
la carretera…. La llanura se extendía tan lejos como la vista podía
alcanzar, y por ella serpenteaba una hilera de treinta kilómetros
de seres humanos, como un gusano gigantesco con innumerables
pies que levantaba una nube de polvo que se extendía hasta más
allá del horizonte a lo largo de la árida llanura y se elevaba hasta
las montañas… La carretera ya no se veía en ningún sitio. Estaba
desbordada por los refugiados.
Comenzamos a descender lentamente. Sise tocaba la bocina
sin parar… Ellos no prestaban atención… Simplemente fluían a los
lados del coche con la vista baja golpeándose contra los costados
y después ocupando de nuevo todo el ancho de la carretera…Una
rápida mirada a lo largo del camino le producía a uno un fuerte
escalofrío: kilómetros de gente, y en medio miles de niños
…¡Venían de Málaga, andando durante cinco días y cinco
noches…!
Después la masa de gente caminante cambió casi
imperceptiblemente, como un manantial que de pronto se torna
lodo. Juré en voz baja: ¡Militares! Al principio unos pocos, pero un
kilómetro más allá venían a cientos. A miles. Sus uniformes
estaban rotos; sus armas inservibles; las caras, con barbas de
días; los ojos, hundidos por la derrota… Eran refugiados como el
resto, en silencio, tristes, huyendo…
Teníamos que maniobrar entre los carros rotos y los
camiones abandonados. Los burros moribundos habían sido
arrojados a las playas, donde la gente yacía también, con la
lengua inflamada en sus bocas secas… Paramos un momento… y
fuimos engullidos por una multitud de súplicas, de manos
intentando alcanzar el camión, gente pidiendo agua y transporte.
Les dimos nuestras cantimploras y seguimos avanzando… Pronto
se hizo la noche. A nuestro lado oíamos el paso apretado de los
refugiados. Sin luces era imposible conducir…, y al fin nos
detuvimos… Un grupo de militares se acercó a nosotros. –Los
fascistas avanzan deprisa hacia el este- nos dijeron. La siguiente
ciudad era Motril, y ya debía estar en manos enemigas… No había
frente. No había resistencia. Toda la región costera estaba
cayendo en manos de las tropas extranjeras de Franco…
Resolvimos regresar para dedicarnos a transportar a los más
desvalidos… Descargamos el equipo y las existencias de sangre…,
para hacer sitio y mandar el material con la primera ambulancia
que pasase…, después abrimos las puertas traseras. Se podía ver
la excitación en los rostros de los refugiados. Todos esperaban,
pero sin saber si tendrían posibilidades…
Una multitud de padres y madres se apretó alrededor del
coche. Decidimos transportar a las familias que tuviesen más
niños, y a los niños sin padres, que eran incontables. Llevábamos
treinta o cuarenta personas en cada viaje.
Así estuvimos cuatro días y cuatro noches yendo y viniendo,
trabajando esforzadamente para evacuar a la población que
quedaba de toda una ciudad…. Sise estuvo al volante durante
cuarenta y ocho horas mientras yo me quedaba en la carretera
preparando el siguiente grupo. Nuestras caras estaban ya
partidas por falta de sueño. Perdimos la noción del tiempo.
Vivíamos con el dolor de los que se quedaban atrás…
Trabajábamos sabiendo que cada viaje podía ser el último y con el
miedo de que los últimos evacuados fueran aniquilados por los
fascistas… En cada viaje a Almería Sise se detenía para pedir
ayuda de camiones, carros o cualquier otro medio para acelerar la
evacuación. En la ciudad no quedaba ya nada que se moviera
sobre ruedas…
En el Hospital del Socorro Rojo de Almería, los refugiados
recibían atención médica, alimento y ropa. Al incansable esfuerzo
de Hazen Sise y Thomas Worseley se debe la salvación de muchas
vidas. Iban y venían alternando, día y noche, durmiendo a campo
abierto entre los turnos, sin más alimento que naranjas y pan.
Durante el día trabajamos entre nubes de polvo, bajo el sol
que quemaba la piel, con los ojos enrojecidos y con las tripas
haciendo ruido. De noche, el frío era insoportable y deseábamos el
calor de nuevo. Un profundo silencio reinaba entre los refugiados.
Yacían hambrientos en los campos, atenazados, moviéndose
solamente para mordisquear alguna hierba. Sedientos,
descansando sobre las rocas o vagando temblorosos sin rumbo
con la mirada vidriada y perdida por la alucinación. Los muertos
estaban esparcidos entre los enfermos, con los ojos abiertos al
sol.
Entonces, unos cuantos aviones pasaron sobre nuestras
cabezas. Brillantes aviones plateados: bombarderos italianos y
Heinkels alemanes. Se lanzaron hacia la carretera y, como una
maniobra de tiro rutinaria, sus ametralladoras trazaban dibujos
geométricos entre los refugiados que huían…
De nuevo vi el camión que volvía. Cargamos a cuantos
pudimos. Esta vez subí yo también, llevando a un niño en mis
brazos, que gemía y me miraba con ojos febriles. Probablemente
meningitis... Yo esperaba llegar a tiempo a Almería.
Me quedé dormido… Cuando desperté vi el camión bajando
lentamente la cuesta del último kilómetro… Decenas de miles de
refugiados surgían de entre las montañas y se extendían como un
abanico. Parecía un enorme enjambre sobre las colinas, la
carretera, las playas. Algunos caminaban en el agua para llegar
antes a la ciudad. A la entrada de la ciudad el camión avanzaba al
mismo paso que la multitud apretada, centímetro a centímetro.
Pero al fin estábamos en Almería.
Oíd ahora el final...
Como si no fuese bastante haber bombardeado y cañoneado
a esa procesión de campesinos inermes a lo largo de su caminata
interminable, el día 12 de febrero, cuando el pequeño puerto de
Almería estaba atestado de gente refugiada, cuando la población
se había duplicado, cuando aquellas cincuenta mil personas
exangües habían llegado al sitio que creían un abrigo seguro, los
aeroplanos fascistas, alemanes e italianos, desataron sobre la
población nutrido bombardeo… arrojaron diez bombas en el
centro mismo de la ciudad, en la calle principal de Almería, donde,
amontonados en el pavimento, dormían exhaustos los refugiados.
Cuando se habían alejado los aviones, levanté del suelo los
cadáveres de tres niños… La calle parecía un degolladero, con los
muertos y los agonizantes, alumbrado por las llamas de los
edificios que ardían. En la oscuridad, los quejidos de los niños
heridos, los gritos de las madres agonizantes y las maldiciones de
los hombres, se alzaban en un lamento de masa hasta hacerse
intolerable… Aquella noche fueron ametrallados, desde los
aeroplanos, cincuenta paisanos, y hubo más de cincuenta
heridos…
A la luz de los edificios ardiendo se veían multitudes de
gente que surgían de cualquier sitio, corriendo sin saber hacia
dónde, escapando de las bombas o pasando bajo paredes que se
tambaleaban, cayendo en los enormes hoyos que las bombas
habían hecho en el suelo, agarrándose y gritando mientras
desaparecían… No había ruido de bombas en la dirección del
puerto. ¡Los bombarderos no estaban interesados por el puerto!
Iban siguiendo presas humanas. Iban tras los cien mil que habían
conseguido huir de ellos en Málaga, que habían rehusado vivir
bajo los fascistas, y que estaban ahora acorralados aquí y que
hacían un blanco perfecto. Durante una semana habían dejado
tranquila Almería… Ahora que la dura marcha desde Málaga había
terminado, ahora que los refugiados estaban recogidos entre unos
cuantos bloques de ciudad, donde el asesinato en masa requería
un mínimo de bombas, ahora Franco estaba saciando su sed de
venganza. No importaba nada el puerto. Un puerto no puede
pensar, ni desafiar al fascismo, ni sangrar. Sólo la gente tenía
cerebro, corazón, valor. ¡Matadlos, mutiladlos, mostradles las
garras despiadadas del fascismo!...
De pronto el bombardeo cesó y el rugido de los aviones se
perdió en el cielo. Las llamas iluminaban las caras de los hombres
y mujeres paralizados por el horror… El ataque había pasado,
pero quedaban los muertos y los moribundos. Até las heridas de la
gente con tiras de tela sacadas de sus propios vestidos.
En el centro de la ciudad llegué hasta un círculo de mujeres y
hombres en silencio. Dentro del círculo había un enorme cráter
abierto por una bomba. Dentro del cráter había tuberías
retorcidas, ropas rasgadas, una masa aplastada de lo que una vez
fueran seres humanos…
¿Qué crimen habían cometido estos hombres de la ciudad
para ser asesinados de modo tan sangriento? Su único crimen
había sido el de votar por un Gobierno del pueblo; moderado
paliativo contra la carga aplastante de siglos de codicia del
capitalismo. Alguien pregunta por qué no se quedaron en Málaga
a esperar la entrada de los fascistas. Porque bien sabían lo que
había de sucederles. Bien sabían lo que habría de ser de sus
hombres y de sus mujeres, puesto que ya ha sucedido muchas
veces en otras ciudades capturadas por ellos. Todos los hombres
de quince a sesenta años que no pudiesen probar que se les había
forzado a apoyar al Gobierno legítimo, serían fusilados sin más
trámite…
Alardo Prats recogió del libro de Norman Bethune, que editara en
1937 Publicaciones Iberia, Madrid, los datos para la Presentación de la
obra aparecida en 2004.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada