martes, 2 de agosto de 2011

EL INFIERNO DE QUEIPO



Norman Bethune alternó el bisturí con la pluma para explicar al

mundo lo que fue la horrenda evacuación en masa de la población

malagueña, huyendo de las tropas fascistas el domingo 7 de febrero de

1937… Escribe el diario de sus cuatro días y cuatro noches en la carretera

de Málaga-Almería. Comenta que lo hizo bajo una especie de ataque de

furia, durante el siguiente día y noche. Cuando terminó se paró delante

de la ventana rota del hospital de niños, mirando la ciudad de Almería,

aún humeante bajo la luz del amanecer.

“Lo que quiero contaros es lo que yo mismo vi en esta

marcha forzada, la más grande, la más horrible evacuación de una

ciudad que hayan visto nuestros tiempos. Habíamos llegado a

Almería el miércoles 10, a las cinco de la mañana. Traíamos de

Barcelona un camión con sangre preparada para transfusiones

con destino a los heridos de Málaga. En Almería supimos la noticia

de la caída de Málaga y nos aconsejaron que siguiésemos nuestro

camino, porque se tenía por seguro que Motril había caído

también. Entonces resolvimos ir a ver en qué condiciones se

estaba llevando a cabo la evacuación de heridos Salimos por el

camino de Málaga, a eso de las seis de la tarde, y a unos cuantos

kilómetros nos encontramos con los que encabezaban la

desventurada procesión.

Venían primero los más fuertes, los que habrían podido

transportar sus cosas en burros, mulas y caballos. Luego, el

espectáculo se hacía más lastimoso. Miles de niños (contamos

cinco mil menores de diez años), y por lo menos mil de entre ellos

descalzos y cubiertos apenas con harapos. Las madres los

llevaban echados al hombro o tiraban de ellos por la mano. Pasó

un hombre con sus dos pequeños a la espalda, niños de uno y dos

años, y cargando además con cacerolas y trastos, y recuerdos

queridos de su hogar… Había mujeres que no podían dar un paso

más: la sangre de las úlceras de sus piernas hinchadas teñían de

rojo sus alpargatas blancas. Muchos viejos abandonaban toda

esperanza y, tumbados en la cuneta del camino, esperaban la

muerte.

Nuestro coche se abría paso a duras penas… Los refugiados

pasaban al lado del camión, como si no lo vieran. Seguían

caminando cansinamente, con los ojos entornados hacia el suelo

como síntoma inconsciente de extenuación… Las mujeres

avanzaban lentas con sus vestidos oscuros… Tenían la cara y los

ojos congestionados por el polvo y el sol de cuatro días, y

levantaban hacia nosotros, en sus brazos cansados, los

cuerpecitos de sus hijos… Los niños llevaban solamente su

pantalón y las niñas su vestido ancho, medio desnudos todos bajo

el sol… Niños con los bracitos y las piernas enredados en trapos

ensangrentados: niños sin zapatos, con los pies hinchados; niños

que lloraban desesperados de dolor, de hambre, de cansancio…

cuatro días perseguidos por los aviones de los bárbaros fascistas,

y cuatro noches de caminar en grupo compacto hombres,

mujeres, niños, mulas, burros y cabras, tratando de mantenerse

juntas las familias, llamándose por el nombre propio, buscándose

en las sombras.

Al principio eran grupos dispersos… Después aparecían a

intervalos más frecuentes, y por último una hilera continua, unos

pisando los talones a los otros… Parecían haber nacido del suelo…

Una fila interminable a lo largo del camino con el sol encima y el

mar debajo. Entre el murmullo del mar y el eco de los montes el

único ruido era el de las sandalias de esparto arrastradas sobre

las piedras, el silbido de la respiración cansina y el lamento que

salía de los labios agrietados. Eran de todas las edades, pero sus

caras estaban dibujadas con los mismos rasgos de agotamiento.

Una mujer sujetando su vientre, sus ojos abiertos, aterrorizados.

Pasaban al lado de nuestro camión sin expresión... Sise

detuvo el camión. Yo salí y me paré en medio de la carretera… No

tenían fuerzas para seguir, pero temían detenerse. Decían que los

fascistas venían detrás de ellos. ¿Málaga? Sí, Málaga había caído…

Volví al camión…Yo pensaba en Málaga. En algún lugar

habría nuevas defensas… Al final del camino habría lucha, heridos

moribundos que necesitarían la sangre que habíamos traído desde

Madrid.

Aceleramos la marcha. La carretera se inclinaba y la línea de

refugiados se hacía más ancha. Llegamos a una curva en dirección

al interior, una pequeña subida, y de repente una bajada hacia

una llanura. Sise sorprendido, pisó el freno bruscamente… Una

muchedumbre de personas y animales ocupaba todo el ancho de

la carretera…. La llanura se extendía tan lejos como la vista podía

alcanzar, y por ella serpenteaba una hilera de treinta kilómetros

de seres humanos, como un gusano gigantesco con innumerables

pies que levantaba una nube de polvo que se extendía hasta más

allá del horizonte a lo largo de la árida llanura y se elevaba hasta

las montañas… La carretera ya no se veía en ningún sitio. Estaba

desbordada por los refugiados.

Comenzamos a descender lentamente. Sise tocaba la bocina

sin parar… Ellos no prestaban atención… Simplemente fluían a los

lados del coche con la vista baja golpeándose contra los costados

y después ocupando de nuevo todo el ancho de la carretera…Una

rápida mirada a lo largo del camino le producía a uno un fuerte

escalofrío: kilómetros de gente, y en medio miles de niños

…¡Venían de Málaga, andando durante cinco días y cinco

noches…!

Después la masa de gente caminante cambió casi

imperceptiblemente, como un manantial que de pronto se torna

lodo. Juré en voz baja: ¡Militares! Al principio unos pocos, pero un

kilómetro más allá venían a cientos. A miles. Sus uniformes

estaban rotos; sus armas inservibles; las caras, con barbas de

días; los ojos, hundidos por la derrota… Eran refugiados como el

resto, en silencio, tristes, huyendo…

Teníamos que maniobrar entre los carros rotos y los

camiones abandonados. Los burros moribundos habían sido

arrojados a las playas, donde la gente yacía también, con la

lengua inflamada en sus bocas secas… Paramos un momento… y

fuimos engullidos por una multitud de súplicas, de manos

intentando alcanzar el camión, gente pidiendo agua y transporte.

Les dimos nuestras cantimploras y seguimos avanzando… Pronto

se hizo la noche. A nuestro lado oíamos el paso apretado de los

refugiados. Sin luces era imposible conducir…, y al fin nos

detuvimos… Un grupo de militares se acercó a nosotros. –Los

fascistas avanzan deprisa hacia el este- nos dijeron. La siguiente

ciudad era Motril, y ya debía estar en manos enemigas… No había

frente. No había resistencia. Toda la región costera estaba

cayendo en manos de las tropas extranjeras de Franco…

Resolvimos regresar para dedicarnos a transportar a los más

desvalidos… Descargamos el equipo y las existencias de sangre…,

para hacer sitio y mandar el material con la primera ambulancia

que pasase…, después abrimos las puertas traseras. Se podía ver

la excitación en los rostros de los refugiados. Todos esperaban,

pero sin saber si tendrían posibilidades…

Una multitud de padres y madres se apretó alrededor del

coche. Decidimos transportar a las familias que tuviesen más

niños, y a los niños sin padres, que eran incontables. Llevábamos

treinta o cuarenta personas en cada viaje.

Así estuvimos cuatro días y cuatro noches yendo y viniendo,

trabajando esforzadamente para evacuar a la población que

quedaba de toda una ciudad…. Sise estuvo al volante durante

cuarenta y ocho horas mientras yo me quedaba en la carretera

preparando el siguiente grupo. Nuestras caras estaban ya

partidas por falta de sueño. Perdimos la noción del tiempo.

Vivíamos con el dolor de los que se quedaban atrás…

Trabajábamos sabiendo que cada viaje podía ser el último y con el

miedo de que los últimos evacuados fueran aniquilados por los

fascistas… En cada viaje a Almería Sise se detenía para pedir

ayuda de camiones, carros o cualquier otro medio para acelerar la

evacuación. En la ciudad no quedaba ya nada que se moviera

sobre ruedas…

En el Hospital del Socorro Rojo de Almería, los refugiados

recibían atención médica, alimento y ropa. Al incansable esfuerzo

de Hazen Sise y Thomas Worseley se debe la salvación de muchas

vidas. Iban y venían alternando, día y noche, durmiendo a campo

abierto entre los turnos, sin más alimento que naranjas y pan.

Durante el día trabajamos entre nubes de polvo, bajo el sol

que quemaba la piel, con los ojos enrojecidos y con las tripas

haciendo ruido. De noche, el frío era insoportable y deseábamos el

calor de nuevo. Un profundo silencio reinaba entre los refugiados.

Yacían hambrientos en los campos, atenazados, moviéndose

solamente para mordisquear alguna hierba. Sedientos,

descansando sobre las rocas o vagando temblorosos sin rumbo

con la mirada vidriada y perdida por la alucinación. Los muertos

estaban esparcidos entre los enfermos, con los ojos abiertos al

sol.

Entonces, unos cuantos aviones pasaron sobre nuestras

cabezas. Brillantes aviones plateados: bombarderos italianos y

Heinkels alemanes. Se lanzaron hacia la carretera y, como una

maniobra de tiro rutinaria, sus ametralladoras trazaban dibujos

geométricos entre los refugiados que huían…

De nuevo vi el camión que volvía. Cargamos a cuantos

pudimos. Esta vez subí yo también, llevando a un niño en mis

brazos, que gemía y me miraba con ojos febriles. Probablemente

meningitis... Yo esperaba llegar a tiempo a Almería.

Me quedé dormido… Cuando desperté vi el camión bajando

lentamente la cuesta del último kilómetro… Decenas de miles de

refugiados surgían de entre las montañas y se extendían como un

abanico. Parecía un enorme enjambre sobre las colinas, la

carretera, las playas. Algunos caminaban en el agua para llegar

antes a la ciudad. A la entrada de la ciudad el camión avanzaba al

mismo paso que la multitud apretada, centímetro a centímetro.

Pero al fin estábamos en Almería.

Oíd ahora el final...

Como si no fuese bastante haber bombardeado y cañoneado

a esa procesión de campesinos inermes a lo largo de su caminata

interminable, el día 12 de febrero, cuando el pequeño puerto de

Almería estaba atestado de gente refugiada, cuando la población

se había duplicado, cuando aquellas cincuenta mil personas

exangües habían llegado al sitio que creían un abrigo seguro, los

aeroplanos fascistas, alemanes e italianos, desataron sobre la

población nutrido bombardeo… arrojaron diez bombas en el

centro mismo de la ciudad, en la calle principal de Almería, donde,

amontonados en el pavimento, dormían exhaustos los refugiados.

Cuando se habían alejado los aviones, levanté del suelo los

cadáveres de tres niños… La calle parecía un degolladero, con los

muertos y los agonizantes, alumbrado por las llamas de los

edificios que ardían. En la oscuridad, los quejidos de los niños

heridos, los gritos de las madres agonizantes y las maldiciones de

los hombres, se alzaban en un lamento de masa hasta hacerse

intolerable… Aquella noche fueron ametrallados, desde los

aeroplanos, cincuenta paisanos, y hubo más de cincuenta

heridos…

A la luz de los edificios ardiendo se veían multitudes de

gente que surgían de cualquier sitio, corriendo sin saber hacia

dónde, escapando de las bombas o pasando bajo paredes que se

tambaleaban, cayendo en los enormes hoyos que las bombas

habían hecho en el suelo, agarrándose y gritando mientras

desaparecían… No había ruido de bombas en la dirección del

puerto. ¡Los bombarderos no estaban interesados por el puerto!

Iban siguiendo presas humanas. Iban tras los cien mil que habían

conseguido huir de ellos en Málaga, que habían rehusado vivir

bajo los fascistas, y que estaban ahora acorralados aquí y que

hacían un blanco perfecto. Durante una semana habían dejado

tranquila Almería… Ahora que la dura marcha desde Málaga había

terminado, ahora que los refugiados estaban recogidos entre unos

cuantos bloques de ciudad, donde el asesinato en masa requería

un mínimo de bombas, ahora Franco estaba saciando su sed de

venganza. No importaba nada el puerto. Un puerto no puede

pensar, ni desafiar al fascismo, ni sangrar. Sólo la gente tenía

cerebro, corazón, valor. ¡Matadlos, mutiladlos, mostradles las

garras despiadadas del fascismo!...

De pronto el bombardeo cesó y el rugido de los aviones se

perdió en el cielo. Las llamas iluminaban las caras de los hombres

y mujeres paralizados por el horror… El ataque había pasado,

pero quedaban los muertos y los moribundos. Até las heridas de la

gente con tiras de tela sacadas de sus propios vestidos.

En el centro de la ciudad llegué hasta un círculo de mujeres y

hombres en silencio. Dentro del círculo había un enorme cráter

abierto por una bomba. Dentro del cráter había tuberías

retorcidas, ropas rasgadas, una masa aplastada de lo que una vez

fueran seres humanos…

¿Qué crimen habían cometido estos hombres de la ciudad

para ser asesinados de modo tan sangriento? Su único crimen

había sido el de votar por un Gobierno del pueblo; moderado

paliativo contra la carga aplastante de siglos de codicia del

capitalismo. Alguien pregunta por qué no se quedaron en Málaga

a esperar la entrada de los fascistas. Porque bien sabían lo que

había de sucederles. Bien sabían lo que habría de ser de sus

hombres y de sus mujeres, puesto que ya ha sucedido muchas

veces en otras ciudades capturadas por ellos. Todos los hombres

de quince a sesenta años que no pudiesen probar que se les había

forzado a apoyar al Gobierno legítimo, serían fusilados sin más

trámite…

Alardo Prats recogió del libro de Norman Bethune, que editara en

1937 Publicaciones Iberia, Madrid, los datos para la Presentación de la

obra aparecida en 2004.

мι ℓιѕтα ∂є вℓσgѕ